Bitácora del comandante, en el mar

11 de Diciembre de 2003

Hoy, si las cosas se dan como están ya planeadas, haré mi último atraque como Comandante, no solo de este buque de la Armada. Antes de colocar los cabos en las bitas de nuestro muelle Centenario de Cartagena, quiero despedirme en el mar de mis oficiales y tripulantes.

Hace dos años recibí junto con ustedes la maravillosa misión de remozar este velero, para nuestra Armada y nuestra querida Colombia.

La meta era muy alta, y no teníamos mucho tiempo. Poseíamos, eso sí, el sueño inmenso de que el buque debía ser, al finalizar nuestro trabajo, el velero más hermoso del mundo. Y luego de tantos sacrificios, de tantas horas sin descanso de dormir casi a la intemperie, sin baños, sin camas, sin aire, sin cocina ni comedor, ni sábados ni domingos ni feriados, arañando a nuestras familias el tiempo de ellas, forjamos nuestro sueño. Y todos ustedes dieron lo mejor de si, en cada idea, es cada equipo cambiado o reparado, en cada ligada, o costura, grateando, lijando, rasqueteando, cortando, instalando. Ustedes dejaron aquí sobre estas cubiertas dos años de su vida. Estos altos mástiles son testigos mudos de su entrañable amor por el trabajo, por su buque, por su vida a bordo, por la Armada. Son testigos también de su entusiasmo de siempre sin importar el cansancio o las dificultades.

Cuántas cosas hicimos, nadie que no lo haya vivido podría entendernos. Nadie que no haya estado aquí con nosotros hombro a hombro durante estos dos años puede siquiera imaginar lo que nos costó hacer nuestro sueño realidad. Cuando estemos viejos, y ojala lleguemos allí, rememoraremos el asombro de quienes nos visitaban y en cada rincón del buque expresaban su agrado por la limpieza, el brillo y lo marinero del buque. ¿Quién nos podrá quitar esta satisfacción? Fuimos un equipo ganador, un grupo cohesionado, de superiores y subalternos, pero ante todo de amigos, identificados en torno a esta bella profesión del mar.  Cuántas aventuras a vela, cuántas millas, y ballenas y focas y estrellas y singladuras llenas de amistades nuevas en los puertos, de himnos de Colombia cantados con el alma en cada zarpe de los puertos despidiéndonos con blancos pañuelos, cuando al ondear el pabellón inmenso el sentido de patria nos rebosa el alma y se nos salía el corazón con los ojos empañados de lagrimas. Ustedes han dado lo mejor de si, y yo, humildemente, en nombre de Colombia y del Comandante de la Armada, y como su Comandante se los agradezco. También en nombre de Santina y mis hijos Andrés y Santinita a quienes tanto vieron a bordo. Ustedes ya tienen  varios premios asegurados.

Éstos serán los triunfos y los logros de cada uno de sus alumnos, cadetes o grumetes, a quienes enseñaron tantas cosas aquí a bordo: las guardias, los timoneles, los vigías, las patrullas de seguridad, los sistemas de máquinas, las velas, los gavieros, los juaneteros, las pitadas, las estrellas, las meridianas. Ustedes les enseñaron cientos de cosas útiles y doctrinas, que seguramente les ayudaran a triunfar en sus carreras como oficiales  y suboficiales, y ellos siempre les recordarán  agradecidos. Creo que no hay nada que nos pueda dar más satisfacción que el entusiasmo que, coadyuvando a sus escuelas de formación, despertamos en ellos por esta noble carrera que nos identifica.

Así pues, hoy, quizá nuestro último día en el mar, con la tripulación que hizo posible la maravillosa experiencia de comandar este velero, quiero pedirle a Dios, ese inmenso Dios que nos ha permitido navegar tantas millas en tan inconmensurables océanos sin ninguna novedad, que les bendiga a ustedes, a sus familias, a sus padres, hermanos, esposas, hijos y novias. Que nos permita reunirnos muchas veces más, que les depare, como todo este tiempo nos regaló a nosotros, buen viento y buena mar,  y que cada día nos ayude a ser mejores hombres para que podamos dar a Colombia la paz que tanto hemos buscado BITACORA DEL COMANDANTE, EN EL MAR,

Hoy, si las cosas se dan como están ya planeadas, haré mi último atraque como Comandante, no solo de este buque de la Armada. Antes de colocar los cabos en las bitas de nuestro muelle Centenario de Cartagena, quiero despedirme en el mar de mis oficiales y tripulantes.

Hace dos años recibí junto con ustedes la maravillosa misión de remozar este velero, para nuestra Armada y nuestra querida Colombia.

La meta era muy alta, y no teníamos mucho tiempo. Poseíamos, eso sí, el sueño inmenso de que el buque debía ser, al finalizar nuestro trabajo, el velero más hermoso del mundo. Y luego de tantos sacrificios, de tantas horas sin descanso de dormir casi a la intemperie, sin baños, sin camas, sin aire, sin cocina ni comedor, ni sábados ni domingos ni feriados, arañando a nuestras familias el tiempo de ellas, forjamos nuestro sueño. Y todos ustedes dieron lo mejor de si, en cada idea, es cada equipo cambiado o reparado, en cada ligada, o costura, grateando, lijando, rasqueteando, cortando, instalando. Ustedes dejaron aquí sobre estas cubiertas dos años de su vida. Estos altos mástiles son testigos mudos de su entrañable amor por el trabajo, por su buque, por su vida a bordo, por la Armada. Son testigos también de su entusiasmo de siempre sin importar el cansancio o las dificultades.

Cuántas cosas hicimos, nadie que no lo haya vivido podría entendernos. Nadie que no haya estado aquí con nosotros hombro a hombro durante estos dos años puede siquiera imaginar lo que nos costó hacer nuestro sueño realidad. Cuando estemos viejos, y ojala lleguemos allí, rememoraremos el asombro de quienes nos visitaban y en cada rincón del buque expresaban su agrado por la limpieza, el brillo y lo marinero del buque. ¿Quién nos podrá quitar esta satisfacción? Fuimos un equipo ganador, un grupo cohesionado, de superiores y subalternos, pero ante todo de amigos, identificados en torno a esta bella profesión del mar.  Cuántas aventuras a vela, cuántas millas, y ballenas y focas y estrellas y singladuras llenas de amistades nuevas en los puertos, de himnos de Colombia cantados con el alma en cada zarpe de los puertos despidiéndonos con blancos pañuelos, cuando al ondear el pabellón inmenso el sentido de patria nos rebosa el alma y se nos salía el corazón con los ojos empañados de lagrimas. Ustedes han dado lo mejor de si, y yo, humildemente, en nombre de Colombia y del Comandante de la Armada, y como su Comandante se los agradezco. También en nombre de Santina y mis hijos Andrés y Santinita a quienes tanto vieron a bordo. Ustedes ya tienen  varios premios asegurados.

Éstos serán los triunfos y los logros de cada uno de sus alumnos, cadetes o grumetes, a quienes enseñaron tantas cosas aquí a bordo: las guardias, los timoneles, los vigías, las patrullas de seguridad, los sistemas de máquinas, las velas, los gavieros, los juaneteros, las pitadas, las estrellas, las meridianas. Ustedes les enseñaron cientos de cosas útiles y doctrinas, que seguramente les ayudaran a triunfar en sus carreras como oficiales  y suboficiales, y ellos siempre les recordarán  agradecidos. Creo que no hay nada que nos pueda dar más satisfacción que el entusiasmo que, coadyuvando a sus escuelas de formación, despertamos en ellos por esta noble carrera que nos identifica.

Así pues, hoy, quizá nuestro último día en el mar, con la tripulación que hizo posible la maravillosa experiencia de comandar este velero, quiero pedirle a Dios, ese inmenso Dios que nos ha permitido navegar tantas millas en tan inconmensurables océanos sin ninguna novedad, que les bendiga a ustedes, a sus familias, a sus padres, hermanos, esposas, hijos y novias. Que nos permita reunirnos muchas veces más, que les depare, como todo este tiempo nos regaló a nosotros, buen viento y buena mar,  y que cada día nos ayude a ser mejores hombres para que podamos dar a Colombia la paz que tanto hemos buscado. 

Jesus Alberto Bejarano Marín.